Era aquella la casa del abuelo,
la casa grande colorida y blanca.
Verdes las atalayas de encina
su entrada de caoba custodiaban
que a la cálida cocina,
su acceso develaban.
Violetas las flores
sus almenas de hiedra
hierro y lisa piedra
las ventanas coronaban.
Y en lo alto, que más había,
los nidos dorados de gorriones
las verdes copas camuflaban.
Los cuartos variopintos
todos siempre distintos
en los que el abuelo habitaba,
leía, reía, o simplemente hablaba.
Los cuartos luminosos
de madera, seda y libros
de alabastro se me figuraban.
Era la casa del abuelo,
una casa de amplias ventanas
de cálido aire en invierno
y de fresca brisa en verano.
Con olor a café y tabaco,
a castañas y nueces frescas,
donde nunca faltaba Baco.
Entre trinos y gorjeos
algunas notas se escapaban
del violín bruñido del abuelo
quien con gruesas manos
armoniosos compases labraba.
Era pequeño cuando a su puerta
con paso tibio y animoso llegaba.
Y siempre con una sonrisa,
los brazos abiertos como ramas,
a saludarme se acercaba.
No era un hombre de ajetreos:
joven de espíritu, tranquilo
de paso, silenciosos y seguros.
Su mirada todo captaba.
Siempre con un consejo a la mano
todo el que lo necesitase lo hallaba.
Aquella era la casa del abuelo,
a la que pensé hallar vacía
al llegar después de tantos días.
Mas en ella aún vive el abuelo,
en los libros y los cuartos
en los gorjeos y los cantos,
donde aún el café y el tabaco
abunda junto con Baco.
Dónde terminaba la casa
y comenzaba el abuelo,
que como el horizonte:
uno nunca sabe,
donde inicia la tierra
y donde termina el cielo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario