lunes, 28 de abril de 2014

A una madre y su hija

A veces melancólica y triste
hallábase sentada entre flores,
la dulce Violeta, su casa recordando
de la que ha tiempo hubo marchado.

A veces alegre y retozante
hacía coronas y ramilletes,
la dulce Violeta, a quien su madre
bajo el tamarindo se hallaba extrañando.

Y a su sombra estaba pensando
cuan lejos su hija amada ora estaba,
cuan cruel, fugaz y esquivo Cronos
de su lado a la pequeña apartaba.

Quedaron atrás la concha y el nácar,
la perla de la inocente infancia
perdida entre la espuma y la arena
al partir de su costa color ámbar.

Mudado queda el bermejo coral
por argenta alianza, de áurea estela
dos soles en sus lóbulos brillan
y en sus labios el carmesí destella.

Ya la que fue niña es hoy doncella
y queda a la madre el consuelo
del alegre ave que le cuenta de ella
dejándola con secreto anhelo.

A la memoria

Oh sombra del Hades,
oh sombra velada
del espejo empañado;
qué sino recuerdo y
matiz difuminado.

Ánima furtiva del ayer
de lo que nunca fue
pero pudo llegar a ser.

De Mnemosine renegado,
por Amor desdichado
y de Saturno olvidado.

Cuán cerca creí la fama,
el eterno olvido esquivado...
más, ¡oh desdicha inmortal!
todo esto me fue negado.

En los ojos de los muertos
me veré acaso reflejado
o en las palabras
del céfiro recordado.