En un momento de calma, de soledad y tristeza, te escribo.
Ha pasado tanto y aún no te encuentro. Hoy es uno de esos días en que la esperanza flaquea, la sombra de la duda me atormenta y no sé si pueda continuar. ¿En verdad existes? ¿Dónde te encuentras?
Te busco desesperadamente entre los cientos de miles de rostros, pero siento que es como ver el basto océano y tratar de hallar un grano de sal. Me siento perdido, derrotado.
Cada vez es más duro, abrir mi alma y saber que no eres tú a quien la entrego, es una puñalada a mi roto ser y temo, que con cada golpe al final no quede nada.
¿Qué hado, sino o fortuna y con qué derecho o cargo me han negado tu compañía, condenándome al olvido?
Solo el silencio de una habitación vacía y el ruido de mis demonios que inútilmente trato de acallar con lo que llamo música tengo por respuesta.
Estoy cansado, querida mía, de no hallarte, de arriesgarme a volar y siempre caer al vacío. Y me siento como un sediento, al que dejan casi a su alcance el tan deseado líquido mas le impiden conseguirlo. Por si fuese poco, este hado, destino o fortuna, me tortura salpicándome con el precioso líquido sin darme de beber realmente.
Si lees esta carta, te pido, acudas pronto pues soy yo quien necesita que le rescaten, del mundo... de mí mismo.
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