Llevaba caminando más de dos horas bajo el ardiente sol del medio día, sin sombrero, sin agua, sin brisa y sin una sombra o nube bajo la cual escapar de aquel terrible calor.A lo lejos podía ver los cerros, con algunos árboles, la mayoría desnudos sin nada más que tierra, algunos magueyes y raquíticos huizaches.
Las piernas ya no le respondían y solo se movían por inercia, de forma mecánica, con paso lento.
Irónicamente no se sentía cansado ni sediento pero tampoco se sentía cómodo ni completamente en sus cinco sentidos.
Sentía la camisa húmeda del sudor pero esta humedad no le refrescaba sino le hacía sentir más bochornoso el calor.
Conocía bien su destino, pasando las montañas, que parecían alejarse de él. Sabía que al otro lado el clima sería más benevolente con él e incluso, que pudiese haber alguna sombra sino es que agua.
La carretera se perdía a lo lejos, en aquel largo y sinuoso espejismo, limitado por la imagen de pequeños y secos chaparrales.
La cabeza comenzaba a dolerle, sintiola palpitar más que su corazón, las piernas se le habían entumido pero seguía caminando, si se detenía, el cansancio se apoderaría de su cuerpo y no podría moverse quedando a merced del árido paraje sin nadie que le ayudase.
Había llegado a la mitad del primer cerro por lo que el paisaje ahora era más piedra que arena, sin embargo el sol llegaba a su punto más fuerte del día.
El cuchillo que llevaba comenzaba a pesarle, había considerado deshacerse de él varios metros antes pero pensó que podría serle útil a futuro.
Comenzó a cuestionarse para que había hecho tan ridículo viaje, ¿qué esperaba hallar del otro lado? Sabía perfectamente que nadie le ayudaría, no llevaba dinero y tampoco podía volver.
Volver. Aquella idea era la peor, atrás ya no le quedaba nada ni nadie…
-Buen día tenga su majestad -saludo en tono un tanto burlón- espero no le moleste que tenga que cruzar por sus tierras pero mi destino queda al otro lado de esta montaña-
No se detuvo a esperar respuesta y continuo caminando, volviendo la vista a la daga que portaba un letrero “bienvenido al paso de la avestruz”, no recordaba si ese letrero lo tenía cuando llegó pero no se detuvo, debía continuar caminando.
Cuando volvió a subir por enésima vez a la carretera después de otra de sus caídas, vio una piña, de pie y en medio del camino, como si hubiese sido colocada ahí.
Giró en torno a ella, contemplándola con cara de no entender, con cara de loco… ¿era acaso otro espejismo? Desenfundó el cuchillo y apunto a la piña, sin dejar de giran y apuntarle, trataba de comprobar si era real o no, más no se atrevía a tocarla.
Escuchó un sonido cascabeleante que creyó proveniente de la piña, el sonido aumentó y sin detenerse a pensar, atacó con el cuchillo a ésta.
Sintió que le entraban nuevas fuerzas, comenzó a correr montaña abajo, una fresca brisa acarició su debilitado cuerpo, en el cielo se veían unas pocas nubes y a los lados de la carretera comenzaron a aparecer progresivamente muchos eucaliptos.
Poco a poco la visión se le iba nublando, pero estaba feliz, había llegado al otro lado, había cumplido su cometido y fue entonces cuando vio lo que consideró un regalo divino: una presa.
Corrió al agua y dejo que esta le refrescase el magullado cuerpo, el contacto de ésta le hizo sentir un leve escalofrío, estaba fría y era refrescante, tanto que incluso olvidó la mordida que llevaba en la pierna derecha…
No era raro, las serpientes de cascabel eran muy comunes en aquella zona, lo raro es como había logrado aquel hombre caminar tanto pues el rastro de gotitas rojas venía del otro lado de la montaña donde una piña estaba abandonada a la mitad del camino…
